miércoles, 26 de septiembre de 2012

Las dos caras de la moneda

Lanzó las llaves contra el recibidor y se estiró en el sofá. No, no había ido bien. Desentonó algunas veces. Se equivocó en la dicción. Le temblaban las piernas de un modo evidente; tanto, que se notó caer en los momentos de mayor tensión. Ya te llamaremos, le dijeron. Ella sabía que precisamente eso implicaba que no iban a hacerlo. Bueno, pensó, en algún momento sí que lo harán. Espero. Se sirvió un vaso de leche y se quedó de pie observando la austera sala de estar. Se metió en la ducha. Mientras el agua caía sobre su cabeza, se preguntó si realmente servía para aquello. No sabía la respuesta.

Una gran avenida. El viento soplaba con fuerza y se le enredó una hoja en el pelo. La retiró y, mientras volteaba la cabeza, vio un escaparate. No, no se había maquillado demasiado bien, pero poco importaba ya. Se colocó bien el abrigo mientras seguía su camino. Llegó a un edificio gris y chato, sucio. Abrió la puerta. En ese momento, tuvo la sensación de haber olvidado el texto y creyó que, definitivamente, no servía para aquello. Pero no podía dejar de intentarlo, no sabía hacer nada más.

Lanzó las llaves contra el recibidor y se estiró en el sofá. Encendió la televisión y pensó que, en aquel horario, no podían hacer nada más que teletiendas y tarots. Un escalofrío recorrió su espalda. Algo le estaba diciendo que ése podía ser su futuro. El teléfono empezó a sonar. Cariño, ¿cómo te encuentras?. Bien, mamá. Sí, se le daba bien mentir. Pero, por lo visto, actuar era algo completamente distinto e incluso parecía que no tenían nada que ver. Si no, ¿cómo era posible que no consiguiera un trabajo ni a tiros?. Sonrió y pensó que, probablemente, debería intentar lograr ese contrato a tiros. Se estaba volviendo loca. Quizá. ¿Qué signo eres del zodiaco?. Apagó el televisor. Sacó el paquete de tabaco, el último que podía permitirse, y, mientras fumaba tranquilamente apoyada en la ventana, se preguntó qué iba a hacer.

Una gran avenida. El viento soplaba con fuerza y las persianas de los negocios cerrados temblaban con furia. No sabía por qué había salido a la calle, pero lo había hecho. Los motivos ya carecían de motivos para ella. Sólo tenían consecuencias. Consecuencias que no le gustaban. Pensó que debía aprender a vivir en algún momento, pero algo en su interior se resistía a ello. Quizá la ilusión. Ah no, no podía ser tan estúpida. De repente, sonó el teléfono. Quedamos el lunes para hablar del contrato. No se lo podía creer. Lanzó las llaves contra el recibidor y se estiró en el sofá. Lloró.

Salió de allí con una gran sonrisa. Por fin. Un sueldo decente, un proyecto serio. Casi no se lo podía creer. Cariño, ¿estás bien?. Sí, mamá. Decidió que aquella noche saldría de fiesta.

En la cima. El aire fresco azotaba su cara. En algún momento, tenía que bajar de allí, pero de momento no quería hacerlo. Después del primer proyecto, vino otro. Y otro. Y otro. Su cuenta bancaria rebosaba dinero. Su piso ya no era su piso, sino que se trasladó a una casa mucho mayor. Se había hecho un nombre. Le pedían autógrafos. Salía en las revistas. Tenía pareja, esperaba a un hijo. ¿Acaso se podía ser más feliz?

Lanzó las llaves contra el recibidor y se duchó. Algunos paparazzi la habían seguido hasta su casa. Cada vez es más complicado, se dijo, evitarlos. Llamó a la compañía telefónica para que volvieran a cambiar su número. Por algún motivo, su teléfono personal siempre terminaba haciéndose público y recibía llamadas de gente que no conocía, de gente que quería conocerla, de gente que la admiraba y de gente que la despreciaba. Mucha gente. Le dijeron que debía pagar más. Da igual, me sobra el dinero, chilló. Luego, llamó a su madre y pidió hablar con su hija. No, su hija no podía vivir con ella.

La entrega de premios terminó. El despampanante vestido provocaba susurros allá donde pasaba. Colgaban majestuosas lámparas del techo, caras telas. Todo el mundo sonreía y parecía feliz. Ella iba de grupo en grupo, enseñando los blancos dientes que antes le habían despertado un desmesurado orgullo. Hablaba de su último trabajo, de cómo su personaje, desgarrado, debía salvar el mundo. Comentó la última película de aquel actor tan guapo que había ganado el Oscar y susurró, confidencialmente, que habían tenido un lío recientemente. Pero no se lo digáis a nadie. Oh no, puedes estar tranquila. Sus ojos irradiaban energía mientras tomaba una copa y otra. Se retocaba el maquillaje constantemente. No quería que nadie supiera que apenas había dormido.

Había ido sola. Un prestigioso director la invitó a salir y ella aceptó. Al día siguiente. La cabeza le daba vueltas. Estaba en su casa, sola. Mientras bajaba las molestas escaleras decidió que vendería una vivienda que, definitivamente, era demasiado grande. Se sirvió un gin-tonic y subió las persianas. Las bajó inmediatamente después. No se sentía segura.

Su hija corrió hacia ella con una gran sonrisa en los labios. Se abrazaron muy efusivamente.

Una gran avenida. El viento soplaba con fuerza y las persianas de los negocios cerrados temblaban con furia. No sabía por qué había salido a la calle, pero lo había hecho. Los motivos ya carecían de motivos para ella. Sólo tenían consecuencias. Consecuencias que no le gustaban. Pensó que debía aprender a vivir en algún momento, pero algo en su interior seguía resistiéndose a ello.

Lanzó las llaves contra el recibidor y se estiró en el sofá. Encendió la televisión y pensó que, en aquel horario, no podían hacer nada más que teletiendas y tarots. Un escalofrío recorrió su espalda. Algo le estaba diciendo que ése podía ser su futuro. El teléfono empezó a sonar. Cariño, ¿cómo te encuentras?. Bien, mamá. Sí, se le daba bien mentir.


[A Marae, por responder al reto. Y porque la ociosidad a veces puede ser constructiva]

1 comentario:

  1. A Marae le ha encantado... ¿te has metido en la piel de Miley Cyrus? Porque yo la veo acabar así,de teletiendas, o tarots...

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